SOBRE LA CULTURA GITANA

por Antonio Carmona Fernández

Antonio Carmona Fernández

Desde hace más de tres décadas, Antonio Carmona, nos lego este texto señero bajo el titulo ‘Sobre la Cultura Gitana’. Nadie hasta el momento ha podido rebatir todo el argumentario que despliega en torno a la cultura, a la identidad y a la idiosincrasia del Pueblo Gitano. Ejerciendo de demiurgo, el ya jubilado profesor de Literatura, vislumbro con claridad meridiana el desarrollo de la conciencia colectiva gitana plasmada en el fenómeno, periclitado y fracasado, del movimiento asociativo gitano. Lamentablemente no se equivocó ni un ápice. Con toda seguridad si se hubieran atendido sus premisas los gitanos y gitanas españoles tendríamos una organización sólida, consistente y, lo más importante, reivindicativa. Todo lo contrario que ocurre en la actualidad: un negocio de tintes asistenciales que únicamente consolida el deterioro de la cuestión gitana.


Toda reflexión sobre los gitanos debería comenzar o terminar con esta pregunta: ¿cuántos y quiénes son los gitanos? La identidad, el reconocimiento propio y el reconocimiento mutuo es una tarea abrumadora y, tal vez, sin sentido; cuando no “peligrosa” para el sistema social imperante, que expulsa y denigra lo que no puede asimilar o deglutir; que acepta la diversidad sólo si ésta contribuye a la preservación y a la regulación del sistema.

Además, en el mundo que hoy vivimos se han abatido las fronteras y se ha ensanchado el espacio y se ha homogeneizado la cultura. Se han disimulado las identidades o se han travestido de vulgaridad, de inmediatez y de disolución. El simulacro deshace lo verdadero hasta desvanecer la permanencia de lo real. En un mundo cambiante y expansivo, la identidad sufre despistes y extravíos, pues con la pérdida de referencias comunes el individuo debe presentar una biografía cuarteada y flexible, porque conviene a la eficacia de la ficticia globalización económica. La noción misma de identidad ha cambiado y también la actitud con la que se explora. ¿Para qué, entonces, hablar de gitanos? ¿Para aniquilarlos o para descubrirlos? ¿Para consumar la integración asimiladora o para posibilitar una convivencia sin trabas?

Siempre, porque tengo presentes a mis antepasados, como creo que todo gitano tiene en todo momento, me aterro cuando trato de responder a estas preguntas. Ya que no quisiera que mis palabras sirvieran para aumentar la ignominia y la devastación que hemos padecido hasta ahora; sino, todo lo contrario, que abrieran caminos para la convivencia y para la dignidad de todos los seres humanos en cualquier latitud. Para mí, hablar de este asunto es combatir por la fraternidad universal.

Referir los caracteres fijos de cualquier grupo social es, por consiguiente, una tarea de por sí imposible o cuando no, impropia o errónea de nuestra inteligencia. No se puede hacer la foto fija de la ‘identidad gitana’. Hace mucho tiempo que Darwin descubrió el carácter evolutivo de la Naturaleza y de la naturaleza de la Historia. Así pues, la identidad concreta es un espejismo, o una entelequia, o, tal vez es una ilusión. En la idea de identidad se dan aspectos particulares (individuales), aspectos comunes a más de un grupo y aspectos universales o comunes a todos los grupos humanos. Es verdad que es posible, si acaso, mantener que son reconocibles en los gitanos ciertos rasgos, principios y actitudes con respecto a costumbres, ritos y conductas. Pero nada que vaya más allá del ámbito familiar, más o menos extenso. Más que hablar de “identidad”, hay que hablar de referencias educativas, familiares, de educación, de hábitos y destrezas. Esto sería lo cabal.

«Referir los caracteres fijos de cualquier grupo social es, por consiguiente, una tarea de por sí imposible o cuando no, impropia o errónea de nuestra inteligencia. No se puede hacer la foto fija de la identidad gitana».

La identidad no es una esencia inmutable, absoluta y eterna; ni tampoco se puede llamar identidad a unas cuantas diferencias con respecto a los demás. De la identidad propia de algo forman parte ciertos caracteres estructurales y ciertas propiedades que la asemejan a otras identidades, tanto como las que lo diferencian de otras. Es decir, la identidad concreta consta tanto de lo semejante como de lo diferente. La identidad, si se quiere llamar así, no es algo hecho y cerrado que consistiría en una serie de rasgos culturales que se transmiten y se adquieren uniformemente en el interior de un grupo dado. La identidad cultural de una colectividad humana no es un concepto fijo, ni estático, ni eterno. Hecha de espacio y tiempo, la identidad se forja a lo largo de la historia: es dinámica, abierta y viviente.

Yo soy, creo, conscientemente, gitano. Pero una conciencia de pertenencia crítica lo será necesariamente de las múltiples pertenencias reales que deben ser reconocidas, incluyendo numerosas pertenencias optativas, que pueden ser, o no, asumidas. Porque, ¿quién establece, y en virtud de qué criterio, que tal o cual diferencia debe considerarse significativa y constituir, esa y no otra, un hecho diferencial o un marcador de identidad étnica? A los “establecedores de la identidad” se les ha llamado comúnmente “caudillos”, “salva patrias” o “iluminados” porque para eso están o alguien los ha puesto para cumplir con la “alta misión” de salvar las esencias de la identidad étnica.

«A los “establecedores de la identidad” se les ha llamado comúnmente “caudillos”, “salva patrias” o “iluminados” porque para eso están o alguien los ha puesto para cumplir con la “alta misión” de salvar las esencias de la identidad étnica».

Pero en fin, dejémonos de sarcasmos: la defensa de la identidad no compatibiliza con la libertad, evidentemente. La identidad, pues, es una experiencia vivida, es un proceso abierto por el que un grupo se reconoce como un ‘nosotros’. Me voy a permitir ejemplificar lo que expongo con la expresión artística más universal que ha dado la cultura gitana entre nosotros. El cante gitano ha sido y es todavía un arte emergido de la necesidad de identificarse, cumple con esa función primordial entre gitanos. Es un arte donde se cuenta y se canta a la vez. Su peculiaridad radica en la expresión de lo propio y, a la vez, en la franca apertura al otro. Históricamente, aparece porque se dan las condiciones adecuadas: los gitanos tienen algo que decir, pueden decirlo y necesitan un modo de comunicación y de reconocimiento. El Cante no es, ni mucho menos, un fenómeno raro ni aislado de la Historia.

En efecto, uno de los mayores problemas para tratar de comprender el transcurrir de la cultura gitana es el de analizar adecuadamente los momentos históricos esenciales que enunciaron los cambios cuando estos se produjeron. Ya se sabe que por la “situación” social de la etnia gitana, de marginación y desclasamiento, el protagonismo de los mismos nunca nos correspondió. Pero, en cualquier caso, nuestra manera de estar en la Historia ha sido así y debemos asumirlo y ser conscientes de ella. Aceptemos que es casi imposible, por otra parte, no terminar siendo como los otros creen que uno es y así muchos de los sambenitos que nos han puesto han fructificado, más o menos.

«En efecto, uno de los mayores problemas para tratar de comprender el transcurrir de la cultura gitana es el de analizar adecuadamente los momentos históricos esenciales que enunciaron los cambios cuando estos se produjeron. Ya se sabe que por la “situación” social de la etnia gitana, de marginación y desclasamiento, el protagonismo de los mismos nunca nos correspondió».

Por tanto, la cultura gitana, no es como pudiera parecer, una cultura tradicional anclada en un estadio primitivo, sino que en gran medida se conforma como una réplica de la cultura y de la mayoría dominantes. Mezcla de fascinación y de repulsión, su desarrollo se acompasa, pues, en esa relación dialéctica, constituyéndose en torno a unas bases muy elementales: las del parentesco; y enfocándose al objetivo de la supervivencia. La cultura gitana ejemplifica así una cosmovisión, una manera de ser diferente, sin bases y sin estructuras autónomas y, al cabo, impropias.

Ejemplifica una visión, una manera de ser diferente, decíamos. Ahora bien, ¿en qué consiste esa diferencia? ¿Es consistente esa diferencia? La respuesta a estas preguntas es clave si aspiramos a establecer unos criterios para comprender y asumir nuestra historia y vislumbrar el horizonte del porvenir. La cultura gitana se apoya en la debilidad o en la fortaleza de ser gitano y no ser gachó, como individuos. Colectivamente, parecemos, casi, una comunidad de creyentes en la diferencia. El Cante era y es una forma de comunicación entre iguales, quizás una catarsis, a veces un ritual y sobre todo, una divisa identitaria. Y claramente la identidad gitana, aquí, en el Cante gitano, se enaltece. A saber: la conciencia de nuestros antepasados, la sacralización de la providencia, y el valor supremo de la libertad. Estos son, y no otros, los tres elementos que definen y dan valor y brillo al ser gitano. Y en ellos coincidimos, supongo, todos los gitanos, aunque no quiero decir que sean exclusivos ni excluyentes. Es más, pienso que deberían ser compartidos estos principios por cualquiera, pero por el mantenimiento de ellos nos reconocemos entre nosotros.

«El Cante gitano era y es la expresión excelsa de la diferencia y el elemento de comunión de los que se alegran y se entristecen con lo mismo. Es también un emblema permanente de la perdida comunidad. La preservación de la memoria colectiva por un grupo es siempre una verdadera tabla de salvación para la comunidad entera, pues en esas tablas las tradiciones y las culturas atraviesan los mares del tiempo».

El Cante gitano era y es la expresión excelsa de la diferencia y el elemento de comunión de los que se alegran y se entristecen con lo mismo. Es también un emblema permanente de la perdida comunidad. Y no importa que sea hoy día un arte compartido por unos pocos: la preservación de la memoria colectiva por un grupo es siempre una verdadera tabla de salvación para la comunidad entera, pues en esas tablas las tradiciones y las culturas atraviesan los mares del tiempo.

A lo largo de la historia, y desde que se tiene noticia, los gitanos siempre fuimos conceptuados como extraños y como diferentes, raros y nómadas en un mundo, el del siglo XV. En un país, éste, el nuestro ya, en el cual se fraguaba su unificación política y cultural. En el que los distintos poderes (la realeza y la Iglesia) se propusieron ejercer el control sobre los individuos y sobre las distintas culturas y pueblos que constituían lo que a finales de siglo, bajo el reinado de los Reyes Católicos, se llamaría España.

Hasta finales del siglo XV, en que se dispone la primera ley represiva conducente a eliminar el nomadeo, lo gitanos dispusieron de una buena acogida. A partir de este momento se inicia un proceso de sedentarización que constituye el primero de los cambios en nuestra cultura: el paso, lento si se quiere, de una cultura nómada a una cultura sedentaria. Y si a esto añadimos que el objetivo de todas las leyes que siguieron a ésta fue la persecución y la aniquilación, obtendremos la imagen de una cultura sometida a una difícil existencia y que desarrolla a partir de este momento una irregular andadura, debido a la presión que se ejerce sobre ella. Los gitanos somos, pues, la proyección de dos excentricidades: el rechazo de lo nómada y la pasión por la tradición.

Conforme a estos parámetros podemos entender la configuración de la cultura gitana, en una primera etapa, de la manera siguiente:

-A la presión que se ha venido ejerciendo históricamente sobre la cultura gitana, se ha opuesto la resistencia que representa nuestra “identidad cultural”, la cual se apoya en el etnocentrismo, si acaso.

-La misma fuerza de resistencia que representa la identidad cultural gitana se ha ido reconvirtiendo en un instrumento de dominación y de marginación por parte de la mayoría social y cultural.

-El desarrollo de la cultura gitana se ha fraguado, pues, en la interacción de dos modelos disímiles de concepción de la vida pero, igualmente, en la mezcla simultánea de reto y fascinación sentidas mutuamente.

-La cultura gitana se mantuvo desprovista del rasgo o esfera de lo intelectual. Sólo opuso la convicción de su modelo de organización de la vida que se centra en la intimidad y en la emotividad como medios de conocimiento. Y sólo dentro de los estrechos límites de la familia.

-Los gitanos, en estos primeros tiempos, por la utilidad de sus oficios (la herrería, chalaneo, comercio ambulante, calderería, esquileo, bailes), cumplían una función muy importante en los procesos productivos de la sociedad de la época. Esto permitió una progresiva adaptación a las peculiaridades sociales y culturales de cada lugar de nuestro país.

-En la mentalidad gitana se impone como rasgo rector de sus comportamientos "externos" el de ser un marginado.

Se puede considerar una segunda etapa en la cultura gitana partiendo de la fecha de 1783 en que es aprobada una ley, promulgada por Carlos III, reconociéndose por vez primera la libertad de oficios y domicilios de los "antes mal llamados gitanos". Aparentemente es una ley no discriminatoria pero se nos niega nuestra identidad y no se nos reconoce como gitanos. Sin embargo, lo más destacable de este período que, en nuestra opinión, podríamos cifrar que llega hasta los años sesenta de nuestro siglo, es que los procesos y las características señaladas en el primero se han acentuado. Destacaremos lo siguiente:

-Muchos seguían el tradicional nomadeo por familias, pero otros muchos se habían asentado ya desde hacía tiempo en determinadas ciudades.

-Se podían detectar, por tanto, distintos grados de convivencia y asimilación cultural. En definitiva nos encontramos ante la evidencia de la aceptación progresiva, aunque en diferentes grados, del esquema de vida no-gitano. Y, aunque la “identidad básica” no se perdió, las diferencias y la heterogeneidad cultural entre los gitanos españoles era ya evidente.

-De ser un perseguido, el gitano, pasa a ser un marginado social que ocupa principalmente los estratos más ínfimos en la escala social.

-El desenvolvimiento de la identidad gitana se va aquilatando como el fruto de la tensión que ha provocado su desacompañamiento con el desarrollo de las fuerzas productivas que definen la modernidad.

Desde los años sesenta se ha venido originando y conformando un movimiento reivindicativo por la igualdad de los gitanos, por su integración plena en la sociedad española, por su promoción, por la liberación de su marginación y por la superación de su pobreza. Aunque estos objetivos no creo yo que estuvieran muy claros en la mente de aquellos iniciadores. Mucho más seguro es que sus continuadores han convertido estas premisas en disfraz del lucro personal y de la impostura social. Han proliferado las “asociaciones gitanas” y los congresos, jornadas y encuentros se suceden. Los estudios, las “acciones políticas” de las distintas administraciones dedican fondos y otros esfuerzos... ¿Un negocio? ¿Una estudiada maquinación del poder para asimilarnos? Ojalá no sea cierto lo que digo, pero por este camino, los gitanos tendremos que disfrazarnos para defendernos de los que nos quieren salvar a toda costa.

«Desde los años sesenta se ha venido originando y conformando un movimiento reivindicativo por la igualdad de los gitanos, por su integración plena en la sociedad española, por su promoción, por la liberación de su marginación y por la superación de su pobreza. Aunque estos objetivos no creo yo que estuvieran muy claros en la mente de aquellos iniciadores. Mucho más seguro es que sus continuadores han convertido estas premisas en disfraz del lucro personal y de la impostura social».

Los gitanos nunca han emprendido una lucha por el reconocimiento institucional ni social. Ni hemos competido nunca con otras colectividades, ni tan siquiera hemos convivido del todo, pues no se puede llamar convivencia a la asimilación, o al desclasamiento, o a la marginación que sufrimos. Aunque esta marginación tiene distintos niveles: siempre ha habido gitanos y hoy hay muchísimos que disfrutan de una posición social o económica acorde o incluso elevada. Tratantes, artistas, agricultores, artesanos, obreros, comerciantes, profesionales, etc., que han vivido o viven su identidad fervorosamente, sin complejos y conviviendo sin mayores problemas con los no-gitanos. Incluso, gitanos pobres que, con dignidad, apego y determinación mantienen los valores esenciales de nuestra cultura. Muchos ven con estupor y desconfianza los artefactos que se van creando para su “bienestar y la salvaguarda de la cultura gitana”. Últimamente un llamado “Consejo Estatal del Pueblo Gitano”, incluso.

«Los gitanos nunca han emprendido una lucha por el reconocimiento institucional ni social. Ni hemos competido nunca con otras colectividades, ni tan siquiera hemos convivido del todo, pues no se puede llamar convivencia a la asimilación, o al desclasamiento, o a la marginación que sufrimos».

Todo esto se inició con el advenimiento de la democracia, desarrollándose el fenómeno del asociacionismo gitano, en el que poco o nada hemos intervenido los gitanos pero que en sus planteamientos teóricos, al menos en principio, se basaba en lo siguiente: reivindicar ante la Administración la solución de la "problemática" gitana y defender la cultura gitana.

Esta fórmula se ha mostrado ya manifiestamente incompetente, ineficaz e incluso contraproducente para solventar las carencias que afectan a los gitanos. Entre otras razones, porque en ningún momento nos hemos adherido a tal esquema reivindicativo. Pero sobre todo es más grave y absurdo que se haya revalorizado la “posición reivindicativa” (asociaciones, intereses políticos...) pero ninguna reivindicación. Aún con todo se sigue insistiendo. ¿Por qué razones?

«El fenómeno del asociacionismo gitano se ha mostrado ya manifiestamente incompetente, ineficaz e incluso contraproducente para solventar las carencias que afectan a los gitanos. Entre otras razones, porque en ningún momento nos hemos adherido a tal esquema reivindicativo. Pero sobre todo es más grave y absurdo que se haya revalorizado la “posición reivindicativa” (asociaciones, intereses políticos...) pero ninguna reivindicación. Aún con todo se sigue insistiendo. ¿Por qué razones?».

Los gitanos hemos vivido mayoritariamente de espaldas al devenir de los tiempos, a remolque del progreso social y económico y fuera de las coordenadas de la industrialización y de la competitividad en todos los órdenes que caracterizan al mundo moderno. Sencillamente porque las condiciones, que históricamente se vienen dando, de marginación y desclasamiento, han evitado nuestro acompasamiento con el resto, con los no-gitanos. Parece igualmente que el tímido despertar de la conciencia colectiva gitana, lo que se ha denominado "movimiento gitano" estuviera consiguiendo efectos negativos e inversos y se avivara más el fuego de la marginación y del racismo. Hoy, ni hay un "movimiento gitano" porque no son gitanos sus protagonistas y, lo más grave, no se cuenta con los gitanos. Hoy, en nombre de los gitanos, se silencian o se amasan intereses personales, o se compran adhesiones y voluntades. Y, al fin, los pocos gitanos que están al frente, lo están por las posibilidades que les han dado los gachós, no por la confianza que han puesto los gitanos en ellos.

¿Se puede hablar de "movimiento gitano" sin que haya un debate colectivo, en profundidad, de los objetivos que deben constituirlo? ¿Se han intentado proyectos de participación que no se apoyen exclusivamente en las subvenciones o en el clientelismo político? ¿Se permite la disensión en lo que se llama "movimiento gitano", en las asociaciones "gitanas"? ¿En nombre de quienes actúan verdaderamente esas asociaciones? ¿Cómo se financian? ¿Rinden algo?

«¿Se puede hablar de "movimiento gitano" sin que haya un debate colectivo, en profundidad, de los objetivos que deben constituirlo? ¿Se han intentado proyectos de participación que no se apoyen exclusivamente en las subvenciones o en el clientelismo político? ¿Se permite la disensión en lo que se llama "movimiento gitano", en las asociaciones "gitanas"? ¿En nombre de quienes actúan verdaderamente esas asociaciones? ¿Cómo se financian? ¿Rinden algo?».

Mientras los gitanos no superemos la marginación histórica, mientras los gitanos no nos ocupemos de dinamizar nuestra cultura y de dignificarla en el conjunto cultural de nuestro país, no podremos llamarnos individualmente gitanos. Debemos lograr una verdadera conciencia colectiva que nos haga artífices de nuestro futuro. Y no podemos ni debemos permitir que otros nos manipulen y nos interpreten, o que se superpongan los intereses personales a los colectivos. Por tanto, ni para vivir plenamente nuestra cultura ni tampoco para sobrevivir como cultura estamos preparados. Nuestra identidad se coloca así en entredicho.

«No hay una conciencia colectiva y unificadora que nos permita enfrentar nuestra realidad o lo que nos acaece. Constituimos una cultura sin puntos de referencia estables o suficientemente asumidos, generalizados y válidos, que nos permitan asumir nuestra historia y proyectar nuestro futuro».

Con relación al número de ciudadanos que se dicen o se reconocen como gitanos, y en el conjunto de las culturas de nuestro país, la cultura gitana es la que menos presencia específica tiene y mantiene. Esto es así como resultado de su larga persecución y de su posterior marginación, por un lado; y, por otro, por la prácticamente nula presencia de puntos de referencia culturales estables y unificadores que vertebren su desarrollo o evolución. Nunca hemos dispuesto de un espacio ni lo hemos reclamado, donde desarrollar nuestra idiosincrasia. Nunca hemos sido considerados como una "minoría nacional". No lo somos. No todas las diferencias étnicas, culturales o lingüísticas conducen a la creación de minorías nacionales. Nuestra manera de estar ha sido y es la de contacto con realidades culturales diferentes. La heterogeneidad de los gitanos españoles es evidente. Y esto ha ocurrido porque nunca nos hemos propuesto nuestra autonomía cultural, sino en todo caso, nuestra autenticidad.

La situación presente de la etnia gitana se explica por la totalidad de su pasado, es decir, por la historia de las realidades que en ella se dieron. Por tanto, aplicar soluciones, o lo que es lo mismo, proyectar el futuro de la comunidad gitana depende de una exhaustiva evaluación de su presente, remontándose lo más posible en las causas, quiero decir, en el pasado. Resultando en síntesis que la situación actual de los gitanos es la de una etnia en un proceso de aculturización progresiva que hace falta reconvertir mediante dos instrumentos:

1- El dotarnos de una conciencia histórica que nos haga plenamente conscientes de las rupturas que caracterizan nuestra cultura hoy.

2- El aceptar los cambios necesarios para paliar nuestras carencias culturales que nos sitúen en el mundo de hoy.

Lo primero se consigue mediante la educación, la formación y la capacitación intelectual y profesional. Lo segundo, con una pautada, pero firme, política social. Las bases en las que debe apoyarse esta política deben de partir de las consideraciones siguientes:

-Que la convivencia y el grado de aceptación de los gitanos en la sociedad española son muy elevados como así lo manifiestan los caracteres generales de la cultura de nuestro país.

-Se ha desenfocado el "problema gitano" en España en el sentido de que no se ha valorado que muchos gitanos andaluces, castellanos, extremeños o catalanes estaban y están integrados social y económicamente. También es cierto que hay muchos que presentan carencias considerables. Aunque unos y otros se puedan sentir más o menos marginados por haberse diluido su cultura en la mayoritaria.

-Se ha sobredimensionado políticamente, por tanto, la cuestión gitana por el flanco menos esencial y menos conveniente: el de la diferenciación cultural y étnica. Cuando esto es una cuestión que incumbe primordialmente a los gitanos.

-La verdadera dimensión del "problema gitano" en España es el de la pobreza que comparten con otros españoles no-gitanos sobre todo en las zonas suburbiales de las grandes ciudades.

-Que desde las distintas administraciones públicas se ha fomentado un trato discriminatorio en muchos casos de los problemas educativos, vivienda, trabajo... que afectan a muchos gitanos, conceptuándolos desde el ámbito de los servicios sociales exclusivamente. Dándoles así un carácter asistencial, coyuntural y disperso. Una cosa es el problema de la consecución de una mayor justicia social y, otra, es el "problema gitano".

-La aparición de ciertos brotes racistas demuestran la pervivencia de ciertos prejuicios en el subconsciente colectivo.

-Hay que revisar y definir el papel que debe cumplir el asociacionismo en la promoción de la ciudadanía gitana.

-Falta a los ciudadanos gitanos autoconciencia de su situación.

-No existe participación de los gitanos en las instituciones de nuestro país manteniéndose así en un grado extremo de incomunicación social y cultural.

-Hay que hacer una política que no considere a los gitanos como una casta aparte. No se deben hacer políticas específicas, sino aquellas que tengan como objetivo la convivencia, mediante la participación de todos, gitanos y no gitanos, en los problemas que les afectan.

-No hay que olvidar que cuando se esgrime el respeto a la diferencia, estamos abonando el discurso de los que proclaman el gueto y la exclusión.

-Nosotros estamos integrados en la sociedad española. Nosotros no estamos en España, somos España, somos españoles. Y ese ser nos viene dado por nuestra participación de las mismas notas que esencialmente distinguen a cualquier ciudadano español, a saber:

-compartimos el mismo idioma.

-compartimos la realidad social, cultural y política de nuestro Estado. Así nos sentimos pobres o ricos, andaluces o vascos, profesores o analfabetos...

-no hemos concretado nunca reivindicaciones que nos excluyan de la norma generalizada.

Una política de este tipo, que partiera de estas bases, supondría para la comunidad gitana la posibilidad de ser tratada en pie de igualdad con el resto de las comunidades y culturas que conforman España. Sólo así se irían desvaneciendo los estereotipos a los que ha quedado reducida la cultura gitana. Ser gitano no es ser pobre, pedigüeño, echar la buenaventura ni trabajar en una fragua. Eso no es ser gitano. Gitano es aquel que realza lo que tiene y lo que hace, le da brillo, esplendor... El gitano ama, en suma, la libertad sobre todas las cosas pero no para estar mirando al sol sin hacer nada. Para nosotros la libertad es la cultura. De esa libertad surge un determinado sentido de la cultura, una respuesta personal y colectiva ante los estímulos externos. La libertad es pues el principio fundamental de la cultura gitana.

Disueltos en la turbulencia de los tiempos que corren, resulta difícil, cuando no imposible, encontrar puntos de referencia estables que unifiquen y den vigor a la “identidad gitana”. O, ¿podría decirse que, paradójicamente, la ausencia de una poderosa corriente unificadora es lo que "distingue" o da "vigor" a la identidad gitana? Pudiera ser. El devenir histórico se ha soportado con una sola idea de la conciencia gitana: el etnocentrismo, que unas veces ha sido vivido como imposición y otras como necesidad inexcusable y propia para permanecer así en su identidad. A lo que hay que añadir el hecho, que se ha convertido en crucial, de ser una etnia marginada. Los gitanos se han venido integrando como marginados o bien la conciencia de su marginación los mantuvo en ella. El Cante era y es la superación, a la vez la celebración e igualmente la afirmación de su situación social y es también el estrecho margen de la identidad gitana. Por eso el cante nunca fue popular, ni siquiera entre los gitanos. Andando el tiempo, alcanzó cierta popularidad y conseguirá ciertos fervores pero también escarnios, más quizás.

A expensas de lo que otros digan de nosotros o de lo que otros piensen, ser gitano es cada día más difícil y problemático y parece que no tenemos más solución que acomodarnos en la marginación y en la pobreza o, al fin y al cabo, adherirnos a otras pautas, a otras normas, a la otra cultura, dejando de ser gitanos a nuestros propios ojos y a ojos de los demás. Claro está que podemos resistirnos, y así sentimental y emocionalmente considerarnos gitanos cuando nos reconocemos entre nosotros, en familia, cuando ocurre el cante. La esencia del cante, por tanto, no radica en la separación de unos valores, no es un arte autónomo, no es un objeto. El cante está ligado a un arquetipo, a un modelo configurador de la identidad gitano-andaluza. El cante, no es una floración misteriosa ni rara, es una expresión artística, pero asimismo, una moral y una filosofía. Es algo más que una estética: es una manera de pensar, de sentir y de vivir. Es fuente de la identidad y proyección de ella.

Por esta razón, a medida en que el cante deja de ser el fundamento rector de la identidad, los gitanos dejamos de serlo. Tan fina y delicada es la consistencia de la cultura gitana. Sin vida comunitaria, dispersos, luchando por la supervivencia y sin conciencia colectiva, como perdidos y sin saber de dónde venimos ni, mucho menos, a dónde vamos. La aceleración de la Historia, el mundo desbocado que vivimos está arrasando con la débil, aunque esencial, consistencia de la cultura gitana: el Cante.

¿Probablemente hubo un tiempo en el que nuestra cultura fue más definida o diferenciada o más cohesionada? No lo sabemos, pero hoy la cultura gitana, si es, es una cultura larvada; y, por tanto, enquistada por intranscendida, es decir, que no hay ni ha habido ningún modo propio que la vehiculice que vaya más allá de la transmisión oral. Carácter del Cante que no deja de ser una fuente seria e indispensable para su investigación o análisis, es la fórmula consagrada. Es verdad que se pueden considerar otras fuentes como el rastrear la recepción de este arte en el público en general o en los gitanos en particular o entre los intelectuales y artistas de otros ámbitos, pero la tradición oral es la fuente primordial y que goza, aún hoy, en el seno familiar gitano de todo el prestigio, aun teniendo grabaciones abundantes.

Pero la pasividad gitana o, mejor dicho, la impasibilidad, su resignación a lo largo de la historia y ante la política seguida para con ellos o contra ellos ha sido y es proverbial. La sumisión más absoluta, la resignación, el fatalismo... son las respuestas gitanas ante la agresión, la incomprensión o la miseria. No hay una conciencia colectiva y unificadora que nos permita enfrentar nuestra realidad o lo que nos acaece. Constituimos una cultura sin puntos de referencia estables o suficientemente asumidos, generalizados y válidos, que nos permitan asumir nuestra historia y proyectar nuestro futuro.

Sólo el cante es una referencia, aunque sea inestable, que los gitanos de Sevilla-Cádiz debido a su alto nivel de integración social, modelaron artísticamente como expresión de su identidad, pero que es también un modelo de convivencia humana. Así el cante se fue desarrollando y después acompasando en la participación de unos y otros. El cante como único alimento y refugio de la identidad llegó a ser capaz de modelar la convivencia. Es más, dependiendo de esta relación se impulsó el desarrollo del cante. El cual, después de cumplir con las funciones identitarias se mercantilizó, más que se “popularizó”. Y así, el cante se ahormó al público general, mientras que en el seno familiar gitano se mantuvo como referencia específica: significaba el rito y lograba la comunión.

Y los gitanos que no conocemos el cante, ¿no lo somos? Difícilmente sin el cante. No obstante, nos sentimos gitanos y, la mayoría, orgullosos de serlo. Por razones difíciles de evaluar (psicológicas, sentimentales...) los gitanos existen y, existimos. Según se considere esto es mucho, y es poco. Pero ¿es suficiente? Sobre todo, ¿es suficiente en el marco social, económico y político que hoy vivimos? Evidentemente no. Nuestra sociedad, la sociedad general en la que estamos inmersos nos exige como siempre, pero hoy más que nunca, que nos adaptemos a su configuración y estructuras comunes. Nacemos en una sociedad y debemos insertar en ella nuestra acción como individuos que se afirman en su propia cultura y, ésta, la afirman en el marco plural de las distintas culturas que definen nuestro entorno.

De ningún modo podemos encerrarnos en ‘nosotros’. Es irrenunciable una moral universalista, incluso para proteger las legítimas particularidades humanas. Todo ello dentro del marco de los derechos humanos, que esperemos alcancen una más eficaz vigencia universal. Predicar el respeto a la diferencia no significa apostar por la cerrazón. No podemos volvernos insensibles a otros valores, de otras culturas. Lo que debemos es sustentar la concordia y la fraternidad entre los pueblos. Siempre, tradicionalmente los gitanos hemos respetado al otro, lo hemos acogido, hemos confraternizado sin reservas. Sobre todo debemos asumir todos, gitanos y no gitanos, que las sociedades posmodernas han puesto en marcha un poderoso mecanismo generador de extranjeros “de dentro”. Ahora que todos somos extranjeros para la empresa global, la cual carece de nación, se produce una enorme oferta de extranjería nacional. En el nivel inferior está el extranjero de siempre (moro, negro, islámico...). Viene luego el extranjero reciente (español en Euskadi; serbio en Croacia; albanés en Macedonia). Y por fin extranjeros de alta especialización (enfermo, mujer, homosexual y todas las minorías que genera el agravio: gitanos...) Las corporaciones globales conspiran para debilitar a los Estados y hacernos a todos extranjeros... No debemos olvidar que los agravios de la pequeña diferencia impiden asumir que todos somos lo mismo, súbditos de un poder apátrida y sin control. ¿Somos ya todos gitanos?

Reivindicar nuestra cultura no es pretender la división del mundo en entidades colectivas insuperables e irreductibles. Desde luego debemos poder tener acceso a la cultura común de nuestro país, como unos españoles más. La música de Falla, la pintura de Picasso la poesía de Lorca, por ejemplo, no podrían entenderse sin la aportación de los gitanos españoles al patrimonio común que constituye la cultura que hoy día nos define. Y, aún más, nuestro sentimiento, nuestra afectividad y nuestras relaciones personales, que están presididas por el desprendimiento y la generosidad, serían ininteligibles sin la contribución, una más, de los gitanos. Pero es, sin duda, en el fenómeno expresivo del cante, donde se ha manifestado con singularidad y excelsitud singular, la aleación preciosa y noble de todos los elementos que componen nuestro patrimonio cultural.

En efecto, el cante gitano-andaluz, supone, al hilo de todo lo que llevo expuesto hasta ahora, la única significación ideal de alcance y validez universal que ha creado la cultura gitana. Es el único patrimonio que, si bien arraigado en la tierra que lo vio nacer, es el resultado de la labor de algunas familias e individuos gitanos que lograron un fenómeno expresivo de dimensiones humanas y artísticas fundado en el etnocentrismo gitano. Y donde no hay ni un asomo de esa marginación... Hay pena, dolor... y su expresión: el llanto, pero no hay una queja social, ni una reivindicación, ni un planteamiento de liberación ante la opresión; no hay rebeldía tampoco... No hay héroes ni mártires a los que servir o adorar colectivamente. Por tanto, los flamencos estamos exentos del fanatismo y del odio. En este sentido, el cante es una arte vanguardista.

Algunos nombres reverenciables tienen la historia de este arte. De algunos sólo se conoce su nombre aunque sus ecos persisten. De otros tenemos su obra. Citaré a El Planeta, a 10 Tío Luis de la Juliana, a Frasco El Colorao, a El Fillo, a los hermanos Pelaos, a la Casa de los Caganchos, a El Nitri, a Manuel Torre, a Pastora Pavón, a Tomás Pavón, a Antonio Mairena... Ellos constituyen el único patrimonio cultural y expresión viva, a través del tiempo, de una forma de sentir y de pensar pletórica de devoción y entusiasmo por mantener y también por transmitir la cultura gitana. A ellos y a otros tantos como ellos que orgullosos y altivos, humilde y trabajosamente, veneraron y sufrieron el poder llamarse y seguir siendo gitanos, debo agradecer el interés que puedan tener estas reflexiones.