EL “SAMUDARIPEN”: El HOLOCAUSTO GITANO DEL SIGLO XX,

por Salvador Carrasco Calvo

Salvador Carrasco Calvo

Las páginas oscuras del genocidio gitano se escribieron en el campo gitano de Auschwitz (el ‘Zigeunerlager’), lugar plagado de epidemias donde se redujo drásticamente la población gitana del campo. Fue el suceso más abyecto -como el resto de genocidios acaecidos en la historia de la humanidad- de todos los sufridos por los Roma en Europa durante los más de cinco siglos de historia de los gitanos en el viejo continente. Salvador Carrasco, con lupa de historiador, nos introduce en los sucesos de el Samudaripen, en el que más de 800.000 personas gitanas perecieron a causa de la limpieza étnica llevada a cabo por los nazis.


“Los alemanes nos han capturado,
golpeado y traído aquí.
Nos han hecho entrar por las puertas
nos sueltan por las chimeneas”.

Un gran campo.
Canción tradicional gitana del campo de Auschwitz.
(J. P. Liégeois, 2019).

Crueldad y vileza del “Samudaripen”.

Para que los nazis llegaran a aquello pasaron muchas cosas antes. Sin ellas no se explica el Holocausto, ni la voluntad de exterminio de los gitanos (“Samudaripen”), de los discapacitados o de los homosexuales. Aquello fue crueldad y vileza, como no pudo llegar a imaginarse antes.

El 26 de julio de 2016, Francisco, obispo de Roma, visitaba Auschwitz, orando en silencio después de visitar el siniestro “Bloque 11” de aquel Campo de exterminio nazi. Ciertamente, como dice el libro de Sir, hay tiempos para todo: “tiempo para callar, tiempo para hablar... todo tiene su tempo oportuno”. Hacía unos años Benedicto XVI, un papa alemán, denunciaba los hechos en el mismo lugar. El papa argentino pedía a Dios que perdonase por “tanta crueldad” como hubo allá. Francisco centraba el drama del holocausto en la crueldad. Una crueldad que hundió la civilización occidental del siglo XX en la más profunda de las vilezas conocidas hasta aquel momento.

«... hemos de conjurarnos para frenar la xenofobia en todas sus actuales manifestaciones. La tarea a hacer aún es ingente e ineludible: toda la ciudadanía ha de sentirse comprometida con la justicia, el respeto a la diferencia y los diferentes, y con la dignidad de cada ser humano.»

El “Inferno de Treblinka”, de Vasili Grosman; “El humo de Bikernau”, de Liana Millu; el olor del fuego de los crematorios de “El último mes”, de Leon Blum; “La noche”, de Eli Wiese y otros muchos libros son una dura muestra de la vileza, la crueldad y la degradación humana a que se llegó. En aquellos infiernos “los vivos se transformaban en muertos y su futuro en nubes” (E. Wilse). En aquellos lugares siniestros “todo respiraba miseria, sufrimiento y muerte” (L. Blum). ¿Qué diríamos de la crueldad extrema del “depravado criminal e insaciable” Jefe del Campo de Treblinka?; ¿O de aquel otro nauseabundo personaje conocido como “la muerte que ríe”?; ¿O del “maestro del martillo”, que asesinaba a sus víctimas de un solo golpe?; ¿O del conocido como “el Viejo”, que al atardecer disparaba sobre 30 ó 40 personas al volver de los trabajos forzados al campo?; ¿O de los especializados “asesinos profesionales” de los campos? ¿Con qué palabras condenar que los “niños de los caminos negros” fuesen obligados a dispersar las cenizas de los 3.500 ó 4.000 cuerpos incinerados después de cada turno de funcionamiento de los crematorios de Treblinka? ¿Cómo olvidar los mil gitanos de Besarabia (Bohemia) que llegaron a Treblinka vigilados sólo per pocos nazis a caballo, sin tener ni idea de donde iban, ni de lo que les esperaba? ... O a los niños gitanos del campo de Lety, víctimas de la crueldad de sus carceleros, que les robaban los alimentos y les condenaban a morir víctimas de la rapiña y del tifus. Todo eso fue vileza... crueldad salvaje y deshumanizada ¡¡¡ (Sobre la vida al campo, Frankl, V.E. 2005).

La plegaria envuelta del silencio de Francisco en Auschwitz fue, realmente, un grito desolado y desagarrado: “Perdón, Señor, per tanta crueldad ¡¡”. Amén. Pero, también, hemos de conjurarnos para frenar la xenofobia en todas sus actuales manifestaciones. La tarea a hacer aún es ingente e ineludible: toda la ciudadanía ha de sentirse comprometida con la justicia, el respeto a la diferencia y los diferentes, y con la dignidad de cada ser humano. Se ha dicho que el Holocausto es «el paradigma de un riesgo actual» (R.Fernández, 2017). O sumamos esfuerzos o no lo erradicaremos. Desde la época de Aristóteles, sabemos que, «los hombres se hacen constructores construyendo, citaristas tocando la cítara... y justos haciendo acciones justas y valientes. [...] No somos buenos o malos por naturaleza, sino habituándonos a la justicia desde jóvenes, por medio de hábitos y por costumbre».

Aflojar en la defensa de una sociedad crítica con el racismo, hoy latente bajo discursos astutos, o en la promoción de unas relaciones sociales respetuosas, sería condenarnos a revivir aquellos viejos infernos, de tan triste como vergonzosa memoria. Hay que estar activos en casa, en el barrio, en las calles, en los patios y en las aulas escolares, contra el odio al pobre, contra la discriminación de los «diferentes» y el rechazo del recién llegado. Cada año que pasa el reto es más grande, la respuesta más urgente y los conflictos, latentes y manifiestos, más numerosos.

«El actual avance del populismo xenófobo europeo, tiene también como antecedentes la preocupante persistencia de los viejos estereotipos, de actitudes discriminatorias y de acciones violentes, cada vez más frecuentes en toda Europa. El racismo, como ideología, vuelve a ser presente y operativo entre nosotros.»

Los antecedentes del Holocausto

El racismo del Tercer Reich tuvo unos antecedentes claros, suficientemente conocidos por los historiadores (Bracher, D. 1973). Uno de ellos, pero muy significativo, fue el del “darwinismo social” llevado al extremo en Alemania por Luidwig Woltmann, que no dudaría en proclamar “el derecho del más fuerte”, “la lucha por la existencia” y “la exclusión de los no idóneos” como principios orgánicos de la sociedad, seguidos de la idea de la “crianza” y la prohibición del mestizaje étnico. Aquel pensamiento desembocaría en la política eugenésica más destructiva y en el antisemitismo del nacionalsocialismo. Desde finales del siglo XIX hasta los años treinta del siglo XX, diversas organizaciones políticas panalemanas y antisemitas, juntamente con grupos racistas radicales, conservadores y socialcristianos, en Berlín y Viena especialmente, llegarían a constituir una fuerza latente y a ejercer una influencia permanente, consiguiendo, además, tener una presencia parlamentaria de más de diez diputados.

En los fundamentos de la ideología del nacionalsocialismo había un “darwinismo social”, vulgar y simple, mucho más atrevido que el defendido por Herbert Spencer en El hombre contra el Estado. Sobre aquella base se instalaría el estereotipo nazi del judío y del gitano. Sin periodistas como Wilhem Marr, ni filósofos como Eugen Düring, ni sociólogos como Luidwig Woltmann, ni predicadores y agitadores como Julius Streicher, ni políticos y oradores como Georg Ritter von Schönerer, ni alcaldes populares como Karl Lueger ... no habría sido posible la influencia nefasta de Alfred Rosemberg, ideólogo del nacionalsocialismo, de “la religión de la sangre” y arquitecto ideológico del Holocausto; ni los horrores de las SS, ni el Mein Kampft de Hitler; ni los campos de exterminio y los trabajos forzados. De aquellos vientos aquellas tempestades: a Auschwitz-Birkenau (el “campo de les familias gitanas”) familias enteras fueron prisioneras juntas. De los 23.000 roma enviados a Auschwitz, 19.000 morirían allá. Nunca se debe olvidar todo esto y siempre se debe recordar cómo se llegó a ello.

La experiencia del campo

Ya “no éramos hombres sino arboles resecos en el corazón de un desierto”, habitábamos en un mundo” en el que no había lugar para lo que es humano” y donde, además, “el campo te hacía inhumano” (Elie Wiesel, 2009). Negada la condición humana de los deportados, los nazis los reducían a la consideración de mera mano de obra, “material humano” para a les SS, como diría Eichman. O eran aptos para el trabajo y capaces de resistir las condiciones extremas de una violencia mortal y un trabajo agotador y letal o eren conducidos a las camaras de gas (Wachsmann. N. 2015). Lo comentaba Jorge Semprún en su novela: “el dato esencial es que somos mano de obra”. Era exactamente lo contrario de lo que anunciaba, descarada y cínicamente, la impactante inscripción de la puerta de entrada a los Campos d’ Auschwitz: “Arbeit macht frei” (“El trabajo hace libre”). Como dijo Montserrat Roig (1995) “los nazis envolvieron la idea de exterminación por el trabajo con florituras”. Qué sarcasmo tan vil. Los prisioneros eran para sus carceleros mano de obra esclava: la filosofía laboral de los nazis era el asesinato por el trabajo. Aquello era “esclavitud bajo un terror negro”, en expresión del deportado catalán Josep Escoda. E que el Holocausto fue una forma de cultura (Kertész, I., 2002). Estaban en las antípodas de aquella filosofía del hombre en la cual la dignidad informa la actividad humana y las condiciones de trabajo.

El actual avance del populismo xenófobo en nuestra actual Europa, tiene también como antecedentes la preocupante persistencia de los viejos estereotipos, de actitudes discriminatorias y acciones violentes, cada vez más frecuentes en el viejo continente. El racismo, como ideología, vuelve a ser presente y operativo entre nosotros. No tenemos a la mano más respuesta que la apelación al respecto, en la vida diaria, del hombre concreto, de carne y hueso, que nace, crece y muere, que come y juega, duerme y piensa; el vecino, el próximo conocido o desconocido. Hay que recuperar aquella filantropía que nace de la empatía radical, de raíces biológicas, que une a los hombres entre sí, allá donde se desenvuelve la vida de las comunidades locales, sea verde o negro el color de los ojos que miran la misma realidad, blanca o morena su piel.