La historia del conocimiento está jalonada por figuras que, más allá del rigor académico, han sabido convertir el saber en un acto de compromiso. Ian F. Hancock es, sin duda, una de esas figuras singulares. Su vida y su obra son el testimonio de una inteligencia brillante puesta al servicio de una causa histórica: la dignidad del pueblo romaní, silenciado durante siglos en los márgenes de Europa. Pero más allá de la trayectoria científica, lo que hace inolvidable a Hancock es su coherencia vital, la delicada y poderosa manera con la que unió su destino al de los suyos, sin perder nunca la serenidad del pensador ni la fuerza del activista.
«Su vida y su obra son el testimonio de una inteligencia brillante puesta al servicio de una causa histórica: la dignidad del pueblo romaní, silenciado durante siglos en los márgenes de Europa.»
Ian Hancock nació en 1942 en Londres, en el seno de una familia de raíces mixtas: romaníes de ascendencia vlax por parte de padre, y angoleños sefardíes por la línea materna. Esta mezcla, lejos de diluir su identidad, le proporcionó una sensibilidad compleja frente a los procesos de exclusión que atraviesan a los pueblos sin Estado. Desde joven, se vio enfrentado a los prejuicios que rodeaban a los gitanos en el Reino Unido, pero también supo encontrar, en el calor de la cultura oral y en la musicalidad de la lengua romaní, una fuente profunda de pertenencia.
“Yo no comencé siendo activista, sino nieto”, dijo una vez, en una entrevista que circula entre sus estudiantes como cita de cabecera. Esa condición inicial —familiar, afectiva, íntima— fue el humus de una vocación que iría creciendo hasta convertirse en una de las mayores autoridades mundiales en lengua, historia y derechos del pueblo romaní.
«Fue el primer gitano británico en obtener un título de doctorado, una hazaña que todavía hoy marca un hito simbólico en la lucha por la igualdad en el acceso al conocimiento.»
La educación formal no fue un camino fácil. Hancock abandonó la escuela secundaria sin completarla, pero su sed de saber lo condujo, de manera autodidacta, a la lingüística. Su pasión por el romanés —la lengua que muchos de sus antepasados hablaban en susurros— lo llevó a ingresar en la Universidad de Londres, donde acabó obteniendo su doctorado. Fue, de hecho, el primer gitano británico en obtener un título de doctorado, una hazaña que todavía hoy marca un hito simbólico en la lucha por la igualdad en el acceso al conocimiento.
Un punto de inflexión decisivo en su vida fue el trágico incendio de una caravana gitana desalojada por las autoridades, en el que murieron tres niños. Aquel suceso marcó su conciencia. “No podía seguir callado. Entendí que el conocimiento sin compromiso no era más que una forma culta de cobardía”, escribió en uno de sus ensayos más personales (Danger! Educated Gypsy, 2010). Desde entonces, su trabajo adquirió un tono de urgencia: documentar, analizar, denunciar, pero también narrar, explicar, traducir —no solo entre idiomas, sino entre mundos—.
En 1972, Hancock se trasladó a Estados Unidos, donde fue nombrado profesor de lingüística, inglés y estudios asiáticos en la University of Texas at Austin. Allí fundó y dirigió el Programa de Estudios Romaníes y el Romani Archives and Documentation Center (RADC), un centro de referencia mundial que ha reunido miles de documentos sobre la historia, cultura y persecuciones del pueblo gitano.
«En Estados Unidos fundó y dirigió el Programa de Estudios Romaníes y el Romani Archives and Documentation Center (RADC), un centro de referencia mundial que ha reunido miles de documentos sobre la historia, cultura y persecuciones del pueblo gitano.»
Su enfoque fue siempre interdisciplinario. Combinaba lingüística histórica, antropología, sociología política y crítica poscolonial. Su concepción del romaní como lengua panétnica —con una raíz común, pero ramificada según migraciones y adaptaciones— le permitió teorizar la diáspora romaní desde una perspectiva propia, que se alejaba de las simplificaciones folclóricas. En sus clases, Hancock no sólo enseñaba estructuras lingüísticas: enseñaba genealogías del desprecio, cartografías del exilio, estrategias de supervivencia cultural.
Uno de sus antiguos alumnos, la socióloga Nidhi Trehan, lo describió así: “Escucharlo era como recibir clase de un volcán que aprendió a hablar con ternura”. Y no era para menos: bajo su magisterio se formaron investigadores romaníes de todo el mundo, desde los Balcanes hasta Canadá, pasando por América Latina y el Magreb.
«En 2019 fue condecorado como Oficial de la Orden del Imperio Británico (OBE) por la Reina Isabel II, por su labor a favor de los derechos humanos y la preservación cultural del pueblo romaní.»
Su obra es vastísima. Ha escrito más de trescientos libros y artículos científicos. Entre sus obras mayores se encuentran: We Are the Romani People (2002), que ha sido traducido a varias lenguas y se considera un manifiesto político-cultural de identidad romaní. The Pariah Syndrome (1987), un estudio fundamental sobre la esclavitud de los gitanos en los principados rumanos, donde Hancock establece que esta esclavitud fue uno de los regímenes de servidumbre más largos y menos estudiados de la historia europea. A Handbook of Vlax Romani, una obra de referencia en lingüística aplicada y dialectología romaní. Ediciones y colaboraciones en documentales como American Gypsy y numerosas participaciones en comisiones de derechos humanos de la ONU y del Consejo de Europa.
El profesor Donald Kenrick, cofundador del Congreso Mundial Gitano, escribió sobre él: “Ian no estudia a los gitanos: estudia con ellos, habla desde dentro. Su autoridad no es solo académica; es moral” (Kenrick, 2005).
Su obra ha sido reconocida a nivel mundial. En 2019 fue condecorado como Oficial de la Orden del Imperio Británico (OBE) por la Reina Isabel II, por su labor a favor de los derechos humanos y la preservación cultural del pueblo romaní. También ha recibido doctorados honoris causa en diversas universidades europeas, además de premios por su defensa de la lengua y la diversidad lingüística.
Pero más allá de los premios, lo que mejor mide su impacto es la transformación que ayudó a generar. Antes de Hancock, los estudios romaníes eran una rareza antropológica; después de él, se convirtieron en un campo consolidado con voz propia, con autores gitanos que no solo ocupan las aulas, sino que también escriben su historia.
Quizá el mayor legado de Ian Hancock no esté en sus libros ni en sus cargos, sino en la ética que ha cultivado. Una ética que se podría resumir en esta frase suya: “Ser gitano no es una etiqueta; es una historia que llevas contigo, y que tienes el deber de contar bien”.
A lo largo de su carrera, Hancock ha desafiado los límites entre ciencia y política, entre memoria y archivo, entre identidad y teoría. Su vida ha sido una forma de escritura —una escritura de dignidad— que sigue inspirando a jóvenes gitanos, investigadores, docentes, activistas y soñadores. Como escribió el poeta romani Santino Spinelli: “A los nuestros los enterraron sin nombres, pero Hancock les devolvió la voz”.